En obra ya tiene nombre, aunque nadie lo escribe en minuta: la amperitis. Es esa fiebre por prometer cajón con carga para coche eléctrico en todos los departamentos, sin haber calculado acometida, tableros ni canalización en sótano. El render lo aguanta todo. El cuarto eléctrico, no.
La amperitis se reconoce por sus síntomas. El área comercial vende la amenidad, el proyecto no trae reserva eléctrica para ella, la canalización aparece tarde colgada del plafón del sótano y el primer condómino que conecta su auto deja al descubierto que veinte coches cargando a la vez no son veinte licuadoras. Son carga continua, simultánea y prolongada, justo lo que más castiga a una instalación mal prevista.
Por qué el auto eléctrico no es un aparato más
Un departamento puede absorber un horno o un minisplit porque su uso es intermitente y repartido en el día. El auto eléctrico se conecta al llegar en la tarde y se queda tomando energía durante la noche, todos los días y a la misma hora que los vecinos. En instalaciones para vivienda vertical esa coincidencia cambia el criterio de diseño: ya no basta con sumar potencias instaladas, hay que decidir cuántos coches pueden cargar al mismo tiempo sin tumbar el sistema.
Inversa lo plantea en obra con una pregunta simple: qué pasa en ese sótano un viernes a las nueve de la noche, con la torre ocupada y la mitad de los cajones con auto conectado. Si la respuesta no está dibujada en tableros y canalizaciones, la promesa comercial queda flotando sobre una instalación pensada para alumbrado y contactos de sótano.
Lo que se tiene que decidir antes de vender el primer cajón con carga
El error común es tratar el cargador como accesorio que cada condómino resuelve por su cuenta. En vivienda vertical no funciona así. Cada derivación improvisada atraviesa cajones ajenos, roza tuberías de gas o pluvial, se cuelga de charolas saturadas y termina con interruptores sobredimensionados para un cable que no los acompaña. El sótano se vuelve una suma de ocurrencias.
La decisión que el desarrollador necesita tomar temprano, con ingeniería de instalaciones para edificios, es de modelo, no de marca de cargador:
- Previsión total o parcial. Si todos los cajones llevan canalización hasta el cajón o solo se deja espina dorsal con espacio en tableros para crecer por etapas.
- Medición individual. Cómo se asigna el consumo de cada auto para que no se diluya en el mantenimiento del condominio ni genere pleitos en asamblea.
- Gestión de carga. Si el sistema reparte la energía disponible entre los autos conectados o si cada uno jala por su cuenta hasta saturar el alimentador.
- Ruta física en sótano. Por dónde corre la charola o tubería principal sin bajar la altura libre, sin invadir cajones y sin cruzar instalaciones hidrosanitarias ni de gas.
Definido esto, vender cajones con carga deja de ser riesgo y se vuelve inventario claro: cajón con salida lista, cajón con previsión y cajón sin previsión. Cada uno con alcance y costo distintos.
Crecer sin romper el sótano ni sobredimensionar todo
Sobredimensionar la acometida para el peor caso de todos cargando a máxima potencia suele volver inviable el proyecto. Dejar todo para después, también. La salida que Inversa ejecuta en torres y corporativos es intermedia: dimensionar la espina dorsal con holgura razonable, dejar espacios físicos en tableros y cuartos, y canalizar desde el inicio lo que después costaría romper.
En campo eso se traduce en gestos concretos. Charola con reserva en el recorrido troncal del sótano. Tubos ahogados en losa o firmes hacia los cajones prioritarios antes del colado. Tableros con espacios libres rotulados para electromovilidad. Registros accesibles para jalar cable después sin abrir plafones. Nada de eso luce en la entrega, pero es lo que permite que el edificio acepte diez o veinte cargadores más dentro de dos años sin obra mayor.
La gestión de carga completa el esquema. En lugar de asignar potencia fija a cada cajón, el sistema monitorea la demanda del conjunto y reparte la energía disponible. De noche, con el edificio en reposo, los autos avanzan. Si entra una demanda pico, el reparto se ajusta. El desarrollador no compra fierros de más, compra inteligencia en el tablero.
Lo que la obra ya no perdona
Hay tres puntos que, si se dejan para la posventa, salen al triple. El primero es la canalización en sótano terminado: colgar tubería sobre autos estacionados, con polvo y ruido, cuesta más y deja un remiendo visible. El segundo es la medición: adaptar medidores individuales con la torre habitada obliga a cortes y a pasar cable por áreas comunes ocupadas. El tercero es la seguridad: el punto de carga necesita protecciones adecuadas, tierra efectiva y coordinación con la protección contra incendio del sótano, porque una batería en falla no se comporta como un corto franco en un contacto.
Por eso la coordinación entre instalaciones y acabados, que el blog ya trató para interiores de torre, aquí se juega en el sótano. Definir rutas antes de colar firmes, dejar pases antes de levantar muros de cajones y conciliar alturas con extracción y pluvial evita que el cargador termine donde estorba la cajuela.
Cómo se entrega un sótano listo para la electromovilidad
Un sótano bien resuelto no se nota por los cargadores instalados el día de la entrega, sino por lo que permite hacer después sin drama. Tablero rotulado con circuitos disponibles, directorio claro por cajón, memoria de qué tubo llega a cada zona, medidores previstos y manual para el administrador sobre cómo asignar nuevas cargas.
Para el director de obra, el criterio de recibo es directo: pide el plano de previsión de electromovilidad, recorre la ruta troncal en sótano y verifica que exista físicamente, abre el tablero y cuenta los espacios libres, y revisa que cada cajón vendido con carga tenga su salida identificada hasta su medidor. Si eso está, la amperitis quedó curada en ingeniería. Si no está, la promesa comercial sigue enferma y el primero en pagarla será el condominio.